En pleno siglo XXI, con un mundo fragmentado por un lado y esperanzas radiantes por el otro, el único elemento que parece unir eficazmente ambos extremos es el arte y sus distintas formas. Todo aquello que calma los sentidos, permite escapar de la rutina y llena la mente de tranquilidad entra en esta categoría, y la música no es una excepción. Hay muchas razones que explican por qué todos tenemos nuestras listas de reproducción favoritas: además de la conexión emocional, la música provoca un trance psicológico que estimula la descarga de adrenalina y sume tanto la mente como el cuerpo en una especie de embeleso. Como seres humanos, cuando algo nos gusta, ante todo nos emociona, y nuestro cuerpo parece manifestarlo cada vez: el corazón empieza a latir con fuerza, las pupilas se dilatan y el flujo sanguíneo suele redirigirse hacia las manos y las piernas, haciendo que los pies y las palmas pierdan temperatura. Todas estas reacciones se originan en el cerebelo, que se activa cuando percibe algo exuberante y cautivador.
Los entresijos del cerebro
Si prestas atención, verás que, sin importar el ambiente que te rodee, cuando suena una canción que toca las fibras adecuadas de tu corazón, el mundo entero desaparece y te sumerges en un estado en el que nada importa salvo los elementos más perceptibles de la música y esa abstracción momentánea en la que pareces adentrarte poco a poco. Por lo general, se siente un hormigueo en la parte posterior y superior de la cabeza y el cuerpo, que después da paso a la piel de gallina sin una causa aparente. Sin embargo, la ciencia discrepa y nos ofrece una explicación sólida de todo ello. Diversos estudios afirman que más de la mitad de la población siente la piel de gallina al escuchar una pieza intensa o conmovedora, o simplemente al repasar sus canciones favoritas. Esto se debe a que, como ya hemos mencionado, el cerebelo se activa y envía una señal al cerebro para aumentar la producción de dopamina en la sangre que llega al cuerpo estriado. Por su parte, el cuerpo estriado del cerebro solo se activa cuando percibe algo adictivo, gratificante, estimulante y alentador.
La música parece activar en el cuerpo estriado los mismos impulsos que dan lugar a estas sensaciones, como ocurre con algunos deportes de aventura o con la incertidumbre justo antes de un resultado o anuncio decisivo. Por un lado, si conocemos una canción, el cuerpo solo nos pondrá la piel de gallina cuando sepamos que nos acercamos a su punto culminante o que ya estamos en él, algo parecido a lo que solemos llamar el clímax de una película. Por otro lado, si nunca hemos escuchado esa música, los momentos en los que se nos pone la piel de gallina son impredecibles, porque esta juega con el cerebro y deja que la propia dopamina identifique los puntos de los que obtendría su nivel óptimo de satisfacción.

Las zonas grises también importan
Existe otra teoría que se opone a esta hipótesis y sostiene justo lo contrario. Se basa en el hallazgo de que nuestro cuerpo reacciona con más piel de gallina al escuchar música triste que otro tipo de música. Según esta teoría, cuando las palabras y las melodías cargadas de abatimiento llegan a nuestro cerebro, nos transportan de nuevo a ese rincón de angustia donde solo reinan la desesperanza y el dolor. Esto significa que, tras escuchar la música, el cerebro solo empezará a provocarnos escalofríos si la relacionamos con algún episodio de nuestro pasado marcado por un sufrimiento y una tristeza incesantes.
Sin embargo, el aspecto más fascinante de esta teoría radica en que la piel de gallina simboliza una reacción positiva a la música, incluso cuando los recuerdos son devastadores, y en que surge una extraña sensación de satisfacción al entremezclarse estos impulsos opuestos. Así, la experiencia puede equipararse a una purga en la que la catástrofe sirve para liberar los sentimientos trágicos y convertirla en algo extraordinariamente positivo.
Cuando la música cumple tus expectativas
Por último, la piel de gallina que provoca la música no se limita a un género concreto: incluso puede estremecerte un pasaje de un estilo que no te entusiasma demasiado y, sin duda, ahí reside toda su belleza. Tampoco podemos ignorar las reacciones que recorren nuestro cuerpo cuando la música cumple nuestras expectativas, es decir, cuando transita por espacios que nos resultan familiares. Cuando las melodías encajan con lo que anticipamos, el núcleo accumbens se activa intensamente. Esta respuesta está relacionada con la teoría de la generación de dopamina: la piel de gallina surge en esos breves momentos en los que el cerebro espera su turno para acompasarse con la fluidez de la música.

Estos factores se basan principalmente en los resultados de investigaciones científicas y se centran, sobre todo, en la música y el cerebro. Sin embargo, por extraño que parezca, a veces tu personalidad también influye. Según los hallazgos de los expertos, si eres una persona con una actitud más o menos positiva y afrontas los aspectos impredecibles de la vida con optimismo, es muy probable que la música te ponga la piel de gallina. Al igual que en la vida, estas personas siempre buscan algo interesante y diferente que nunca hayan conocido, y quieren explorar cada rincón y descubrir los tesoros ocultos antes de decidir si les gusta una canción o no. No obstante, estas conclusiones proceden de un estudio realizado en UNC Greensboro, aunque desde Alemania se cuestionan firmemente. Según esta postura, quienes prefieren la comodidad a la aventura son más propensos a sentir escalofríos, pues perciben la música como un refugio lleno de recompensas. Como prefieren seguir patrones sin demasiados cambios, la música es lo único que les ofrece una base para experimentar lo excepcional sin ser explícitamente excepcional en sí misma.


