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Alegría para el mundo, el Señor ha llegado
Que la tierra reciba a su Rey
Que cada corazón le prepare un lugar
Y que el cielo y la naturaleza canten…
Con la Navidad llamando a la puerta, faltan solo unos días para celebrar al Mesías, que salvó a la humanidad al cargar con todos sus pecados; mediante su crucifixión y posterior resurrección, condujo al ser humano por el camino de la salvación y la vida eterna. Además de las tradiciones y los rituales ancestrales, otro elemento que ha resistido el paso del tiempo es la música navideña: en cuanto sus letras llegan a tus oídos, te transportan a un mundo de alegría infinita y nostalgia, donde la vida deja de ser una carrera interminable y la paz reina por doquier. La música navideña despierta el espíritu de estas fiestas y te recuerda que ha llegado el momento de olvidar las inevitables dificultades de la vida y sumarte de lleno a esta celebración de alegría.
Sin embargo, según la ciencia, la música navideña puede causar estragos y perjudicar tu salud mental y física durante las próximas fiestas, especialmente si estás expuesto a ella constantemente durante semanas. Los psicólogos también coinciden con esta afirmación y la respaldan con diversas explicaciones neuropsicológicas que relacionan la reacción inmediata de la mente y el cuerpo al escuchar música navideña con sólidos fundamentos científicos.

¿Por qué son importantes las canciones navideñas?
Antiguamente, cuando el mundo aún no contaba con el privilegio de la imprenta y otros medios similares, las personas dependían únicamente de los versos orales para comunicarse. Todo cuanto aprendían y se les enseñaba pasaba a las generaciones siguientes por transmisión verbal, y los villancicos no eran una excepción. La Iglesia ocupaba un lugar central en esta tradición y difundía la idea de que repetir estas canciones implicaba pensar en el Todopoderoso y mostrarle gratitud. Desde una perspectiva científica, la música, en cualquier circunstancia, busca despertar en el corazón humano determinadas emociones con las que podemos identificarnos, aunque resulten inexplicables. La música navideña, en particular, además de alabar al Señor y relatar historias sobre la gloria de Cristo, suele estar repleta de sonidos de cascabeles, coros festivos y muchos otros elementos propios de la ocasión que, al combinarse, le confieren un carácter único. Sin embargo, como todas estas canciones siguen un mismo patrón y apenas admiten excepciones, a veces pueden llegar a saturar la mente y privarla de su capacidad natural para pensar, concentrarse y ser productiva.
La situación puede compararse con esa sensación de sentir «demasiada felicidad»: todos tus sentidos empiezan a bloquearse y la única emoción que te queda es una alegría persistente, pero demasiado tenue para tener un efecto positivo en tu mente o tu cuerpo. Ahora imagina que esta misma situación se prolonga durante varias semanas. El reto es aún mayor para quienes trabajan en un entorno donde la música navideña suena a todo volumen durante todo el día y no hay forma de escapar de ella.

En cuanto escuchamos música navideña…
Como ocurre con la mayoría de la música, nuestra reacción a la música navideña depende en parte de las asociaciones que evoca y en parte del ambiente en el que la escuchamos. Para casi todos nosotros, el vínculo entre la música navideña y nuestras emociones nace en la infancia, cuando la vida era mucho más sencilla y nuestras únicas preocupaciones eran decorar el árbol de Navidad en familia, llenar la casa de luces y comida deliciosa y, después, lanzarnos con entusiasmo a abrir los regalos. En cuanto estos recuerdos se activan en nuestra mente, el cuerpo empieza a liberar distintas hormonas, entre ellas la dopamina, que también es un neurotransmisor; en pocas palabras, un catalizador que nos ayuda a sentirnos bien. Sin embargo, esta imagen siempre tiene un reverso: empiezan a aflorar sentimientos negativos, sobre todo porque nuestra mente y nuestro cuerpo saben que no podemos revivir el pasado y porque también nos hacen recordar aquellos momentos difíciles de la infancia que desearíamos que nunca hubieran ocurrido.
No todos hemos tenido una infancia feliz: algunos tuvieron que conocer la oscuridad desde muy pequeños, mientras que otros sufrieron abusos constantes. Según la Dra. Rhonda Freeman, la música ejerce un efecto fundamental sobre la amígdala, la principal estructura que desencadena diversas reacciones y emociones, equilibradas o no, según la situación. Por eso, cuando escuchas música navideña por primera vez en el año, tu cuerpo puede empezar a enviarte señales que forman parte del «sistema de recompensa» y que están estrechamente relacionadas con las asociaciones. Sin embargo, dependiendo de su intensidad, la mente puede intentar adaptarse. Aun así, cuando la misma música se repite durante días, puede llegar a ser insoportable tanto mental como físicamente. Algunas personas —sobre todo quienes tienen asociaciones negativas— prefieren encerrarse en casa durante gran parte del mes festivo, mientras que otras simplemente lo aceptan.
En resumen
Si damos crédito a las afirmaciones del Dr. Freeman, queda claro que la reacción del cuerpo y la mente depende de las experiencias vividas durante la infancia. Aunque algunos tenemos la idea preconcebida de que los reveses que sufrimos de adultos dejan una huella más profunda en nuestra vida y son increíblemente difíciles de superar, lo que realmente importa es la infancia. Los acontecimientos que provocaron reacciones positivas o negativas nos acompañan durante el resto de nuestra vida y, en cuanto percibimos algo parecido o encontramos un hilo conductor, como la música navideña, nuestro instinto inmediato es retroceder en el tiempo, recurrir a esas referencias y relacionarlas con el presente. En esencia, se convierten en una parte inevitable de nuestros recuerdos porque, durante la infancia, la corteza prefrontal aún está en desarrollo y tendemos a refugiarnos en las emociones y la memoria más que en cualquier otra cosa.


